En busca de motivos para vivir

Sigo sin poder ir a la compra libremente. Que Pablo no me tire de la ropa, se quiera subir al carro, quiera meter cosas en el carro de colores y dibujos, y corramos por los pasillos, me agrieta entera.

Sigo sin poder cocinarme del todo, aunque últimamente cocino algo más, desde que planto flores y me fijo en los arboles y animales, en la Tierra y todo lo que me da para comer.

Sigo sin salir al mundo libremente: no puedo entrar en un restaurante y ver gente reir alegremente. No puedo. Solo lo hago si me encuentro realmente segura. Mi cerebro me dice de pronto: ¿Qué haces aquí? ¿A qué hora recoges a Pablo? Ah no. No está. Entonces, ¿dónde está Pablo? Mi cerebro electrocuta y me disocio, con el gran peligro al que ésto me puede llevar en mi salud mental. No se hallan muy lejos de mi aquellos que sufren fobias o ansiedades crónicas. Solo que, quizás, para ell@s, ha habido demasiada exposición al agente estresante sin tener ningún apoyo de seguridad cerca. 

No puedo pasearme alegremente a cualquier hora pues las familias y peques son una importante parte de la sociedad de la que yo, felizmente, formaba parte, y ahora no. Se me arrebató la felicidad absoluta y una mezcla de frustración, miedo y pena absoluta me comen. 

Además de, no poder ver a mi hijo crecer, reir, llorar o lo que su ser quisiera expresar. Esto es profundamente devastador y agónico.

Cualquier gesto que implique "vida normal" me genera ansiedad. 

Más que no quiera vivir, es que lo que siento es profundamente horrible y no quiero vivir así. No quiero. Es injusto. Es un esfuerzo sobrehumano por reinventarme cada día desde un dolor terrible. Cada madrugada, cada mañana, cada paso...es vivir en un Caos, un profundo Caos del Alma.

Camino, a ciegas, por este plano. Sin aliento en la garganta ni aire en los pulmones.

No sé muy bien a donde ir.

Cada vez, la realidad es más aplastante.

Cada vez, encuentro menos ganas de vivir.

Cada vez, estoy más cansada de llorar y anhelar a pablo como si se me fuera la vida por la boca.

Cada vez, necesito cosas más estimulantes y excitantes para tener unos buenos motivos para esforzarme. O eso, o las drogas (hablando "mal"). Soy una buena conocedora de los motivos que tienen las personas con adicciones: cualquiera aguanta así, a pelo, ciertas cosas tan horribles adentro. 

Oir un grito o una risa de un niño a lo lejos me resquebrajan entera. Y no por el niño -que me apasionan y me mata no poder estar más cerca- si no porque ya no formo parte.

No formo parte y fui radicalmente arrancada de la sociedad en la que estaba: las escuelitas, los planes en familia, las madres. Una sociedad que amaba y además, quería transformar y aportar mi granito de arena, como aquellos encuentros meses antes de que Pablo marchara. Ahí me dejó, y ahí, sé que volveré...de otra manera.

La pérdida de un hijo pequeño es un trauma individual y también colectivo, pues implica múltiples facetas del área social: las familias son una importante parte de la sociedad en la que vivimos. Los niños y las niñas ocupan, como debe ser, una gran parte del colectivo. 

Sabes, yo estaba saliendo de mi puerperio. Ese momento en el que tienes energía para volver a salir al mundo y dejar poco a poco la cueva de la teta. Ese. A veces viene esa energía, y trato, de muchas formas, esforzarme para salir a danzar.

Mis ratos con Pablo son obligados para que pueda expresar lo que siento por él. Sino, estaría consumida por la ceguera. y son, esos ratos tan difíciles, los que me conectan con él y él, me cuenta que está. Ahora sé que hay otras dimensiones y están bien cerca. 

Ya terminé mi poemario de duelo hace unos meses. Ahora quiero incluir unas ilustraciones y encontrar un espacio de pintura. Ya sé que quiero ir a París. 

Transmitir me ayuda a expresar. Debe dárseme bien.

He conocido el piano. y he descubierto que, puedo tocarle con gran fluidez sin tener mucha idea de teoría del lenguaje musical. Y, sabes, quiero tocar un órgano de una iglesia. Siento que he sido organista en otra vida. Como tal, el otro día descubrí que en la Iglesia de mi pueblo hay un órgano. y que en el santuario de urkiola, donde me quedé embarazada, hay un gran órgano esperándome! 

En mis 37 años con pérdidas profundas, he caminado el mundo del duelo y de la muerte continuamente desde mis 4 añitos. Desde el miedo más absoluto (donde irán los que mueren??) a la reconciliación, en la que me hallo. Desde pérdidas más leves, como varios cambios de casa y colegios, a pérdidas del alma profundas. Desde los mayores bloqueos y corazas en mi corazón para no sentir, hasta la rendición absoluta a lo que hay. Desde esconder mi dolor para que no lo vean, hasta llorar a pleno pulmón sin importarme quién anduviera cerca.

Llegados a este punto, la vida me ha dicho: ala ya, déjate de nutrición, de ser la segunda a bordo de un proyecto, y cuenta el camino: el camino del duelo, el camino del arte del duelo, el camino del vivir y el morir continuo. El camino de la artista del duelo. En defensa y apoyo de la sanación de procesos mentales.

Cosas del dolor

el dolor nos deja mudas

el dolor nos aprieta el pecho

el dolor ahoga en la garganta

el dolor nos pincha

el dolor ciega

el dolor.


y cuando no sabemos que nos pasa

y corremos, nos aceleramos, gritamos y nos tensamos

ahí esta, abajo, el dolor llamando.


el dolor necesita que le nombremos

con un

"esto me duele"

cada vez que lo siento.

el dolor necesita su espacio

aunque sea pequeño,

pero su espacio.

una casita donde cuidarle.


el dolor necesita de mirada,

nuestra atención consciente y amable.


el dolor necesita de un compañero:

el amor sincero.

y el respeto ajeno.

para así poder,

compartir dolores 

sin dobles tintas ni aislamientos.


el dolor nos constituye, compone y define.

démosle lo que pide

y le cambiará la cara.

Mejor dicho, nos cambiará la cara.


Bienvenides.





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